Madre de héroe (Gabriela Mistral)

No puedo ver a mi hijo
vuelto a los puntos cardinales.
Estuvo al Oeste, estuvo al Norte
y ahora vienen del sur sus signos.
¿Cómo lo veo tras los metales
y la tempested; el hierro, el bronce, 
el polvo negro y la humareda?
Por donde le busco anda su nombre
que no es el nombre de su bautismo,
anda en aleluya y en befa.
Nombre que yo no se lo amo,
sin óleo, sin sal, sin leche.

En tanto espacio que tiene
le busco el cuerpo de la cuna
o el otro de la adolescencia.
Y tanteando en alambradas
y en minas de tierras abiertas,
hallo el infierno, no hallo mi hijo.
Tampoco encuentro mi país
y su país. Todo ha mudado
o yo no soy alma gloriosa,
y soñé el cielo, Dios y su gloria.
Hasta el día de su marcha
yo me estaba aquí en lo divino
y conmigo juntamente.

Tenía en las manos este aire
y el puñado de sus cabellos,
los cielos abiertos miraba
y al mismo tiempo veía
su espalda, su ruta, su huella.

De pronto ardió cuanto tocaba,
ardió en su nuca su bautismo
y ardieron todos sus caminos.
Corté mi canto de los cielos,
mi adoración rompí de golpe
por buscarlo y por seguirlo.
La llamarada en que corre
está forrada de tiniebla,
y así su fuego no guía
ni los pasos de su madre.
Detrás de él todo es su nombre
pero ese nombre yo no lo dije
ni al darle los alimentos
ni llamándolo en el Danubio.

Denme mi hijo,
no me den un reguero rojo
y un horizonte de tanques.

El hijo que voy buscando
cielo abajo, gloria abajo,
que trabajó, que rezaba
y cantó en coros de camaradas.

Voy detrás de él y voy rota
de unos aviones que me cortan
y rota de afiladas sirenas,
partiéndome y rehaciéndome
por una tierra que no es la tierra
y dicen que es la Austria, Hungría:
caldo de metal, no cebadas,
no más que explosión y metralla,
y la ruta: tiesura de muertos
y los terrones: pulpa de cuerpos.

Me detengo cuado me canso
pero sigo porque él sigue
el río que llaman su gente
porque dicen que él va adelante.
Anda que anda y nunca le alcanzo,
el hijo mío que no era fuego,
que no era mina ni metralla,
que era canto y ojos azules,
que sobre mi pecho era mío. 

Cementerio de Punta Arenas (Enrique Lihn)


Ni aun la muerte pudo igualar a estos hombres
que dan su nombre en lápidas distintas
o lo gritan al viento del sol que se los borra:
otro poco de polvo para una nueva ráfaga.
Reina aquí, junto al mar que iguala al mármol.
entre esta doble fila de obsequios cipreses
la paz, pero una paz que lucha por trizarse,
romper en mil pedazos los pergaminos fúnebres
para asomar la cara de una antigua soberbia
y reírse del polvo.

Por construirse estaba esta ciudad cuando alzaron
sus hijos primogénitos otra ciudad desierta
y uno a uno ocuparon, a fondo, su lugar
como si aún pudieran disputárselo.
Cada uno en lo suyo para siempre, esperando,
tendidos los manteles, a sus hijos y nietos.

Barco Viejo (Enrique Lihn)

A imagen de los vientos crecieron estos árboles
que imprecan hacia el mar donde los cuatro palos
de un velero inservible se excusan de los vientos.
“Andalucía” duerme, bella cárcel flotante
encarcelada como en una botella
en su vejez dejada de mano de las olas,
tan pura, que el bochinche de la marinería
será como si fuera cosa propia del sueño:
música de fonógrafo que casi no se escucha.

Estoy en Punta Arenas.
La nieve llega al corazón y el viento
toca hasta lo que escribo y lo dispersa.
Mi poesía apenas da unos pasos en falso:
aún el árbol verde del pensamiento abstracto
tendrá aquí que seguir el dictado del viento
que tuerce el árbol de oro, transformándolo en piedra.
Me haría falta oír toda la vida
lo que, por estos lados, dicen hombres y bestias;
pero aún más: entrar en el secreto.
De modo que la piedra horadada me hablara
por boca del silencio de lo que fue en el aire
antes del día de su aventamiento:
gritos que el roble sabe
de cuando el indio hizo su amor como agoniza
el petrel en la noche de los vientos,
de cuando sangre y nieve jugaron a encontrarse
y una ciudad se alzó donde cayeron hombres.

Nada habla por mi boca aquí, pero está bien
sentir que uno podría envejecer noblemente
mirando un barco viejo que termina de hundirse.

Abogados (Cristóbal Joannon)

Los veía pasar desde temprano,
copias exactas de sus padres.
Los esperaban grandes tareas,
sueños de caoba, plenipotenciarios
en un país lleno de indios.

Los imaginaba en sus casas
con tres hielos y música de fondo
y la angustia perfectamente controlada.
Qué fáciles parecían sus desvelos:
educar a niños razonables,
conversar con esposas razonables.

Ese trato excesivo con la vida
estimulaba mis orgullos imperiales.
Con la frente en alto, mientras fumaba
mis lujosas colillas de señor cesante,
hacía como si no escuchara los golpes
y pateaduras que se daban los vecinos.

Pero la noche me traía la calma
cuando pensaba en el fin violento
que un notario le ofreció a los suyos.
Después del postre se anotó un escopetazo
al centro de su cabeza bien peinada.

Letanía en contra de las dictaduras (Stephen Vincent Benét)

Por todos los derrotados, por las cabezas rotas,
los desamparados, los simples, los oprimidos,
los fantasmas de la ciudad en llamas de nuestro tiempo…

Por los capturados en autos rápidos al edificio y son golpeados
por los muchachos hábiles, los muchachos con los puños de goma,
retenidos en el suelo y golpeados, en la mesa cortando sus entrañas,
o pateados en la ingle y dejados, con los músculos estirados
como una gallina descabezada en el piso del matadero
mientras traían al siguiente con sus ojos blancos mirando fijamente.
Por los que todavía decían «¡Frente Popular» o «¡Dios salve a la Corona!»
y por los que no eran valientes
pero fueron golpeados de todos modos.
Por los que escupen pedazos sangrantes de sus dientes
en silencio en el corredor,
duermen bien sobre hierro o piedras, aguardan el momento
y matan al guardia en el retrete antes de morir a su vez,
aquellos con los ojos hundidos y la lámpara ardiendo.

Por los que llevan cicatrices, los que cojean, por aquellos
cuyas tumbas anónimas se cavan en el patio de la prisión
y se les nivela la tierra antes de amanecer y les echan cal.

Por los asesinados de una sola vez. Por los que viven meses y años
soportando, alertas, esperando, yendo cada día
al trabajo o a la fila del pan o al club secreto,
y viven entretanto, engendran niños, contrabandean armas
y son encontrados y muertos al fin como ratas en el desagüe.

Por los que logran escapar
milagrosamente al destierro y deambulan ahí,
por los que viven en pequeños cuartos de ciudades extranjeras
y quién piensa todavía en el país, la verde y larga hierba,
las voces de la infancia, el lenguaje, el olor del viento entonces,
la forma de los cuartos, el café bebido en la mesa,
la charla con los amigos, la ciudad amada, el rostro del mesero,
las lápidas, con nombre, donde no serán enterrados
ni en ninguna tumba en esa tierra. Sus hijos ya son extranjeros.

Por los que hacían planes y eran líderes, y fueron derrotados,
y por aquellos, humildes y estúpidos, que no tenían plan,
pero fueron denunciados, pero se enfurecieron, pero contaron un chiste,
pero no pudieron explicar, pero fueron enviados al campo de concentración,
pero sus cuerpos fueron embarcados de vuelta en ataúdes sellados,
«Muerto de pulmonía». «Muerto tratando de escapar».

Por los cultivadores de trigo a los que dispararon junto a sus propias pilas
de trigo,
por los productores de pan desterrados a los desiertos cercados
por el hielo,
y sus carnes recuerdan sus trigales.

Por los denunciados por sus propios engreídos y horrendos hijos,
a cambio de una estrella de menta y el elogio del Estado Perfecto,
por todos los estrangulados, los castrados o simplemente hambrientos
para formar estados perfectos; por el sacerdote ahorcado con su sotana,
el judío con el pecho aplastado y sus ojos agónicos,
el revolucionario linchado por los guardias privados;
para formar estados perfectos, en nombre de los estados perfectos.

Por los traicionados por sus vecinos con quienes estrechaban las manos,
y por los traidores, sentados en la dura silla,
con el sudor suelto reptando por su pelo y los dedos inquietos
mientras dicen la calle y la casa y el nombre del hombre.
Y por los que estaban sentados a la mesa en su casa
con la lámpara encendida y los platos y el olor de la comida,
hablando tan tranquilamente; cuando oyen los autos
y el golpe en la puerta y de prisa se miran los unos a los otros.
Y sale la mujer a la puerta con la cara rígida,
alisando su vestido.
«Todos aquí somos buenos ciudadanos.
Creemos en el Estado Perfecto».
Y aquella fue la última vez
que Tony o Karl o Shorty vinieron a la casa
y la familia fue liquidada más tarde.
Fue la última vez.
Oímos los disparos en la noche;
pero al siguiente día nadie sabía lo que había sucedido,
y un hombre tiene que ir a su trabajo. Así que no lo vi
por tres días, entonces, y yo cerca de perder la cabeza
y todas las patrullas en las calles con sus sucias armas
y cuando volvió, parecía borracho y cubierto de sangre.

Por las mujeres que lloran a sus muertos en la noche secreta,
por los niños a los que se les enseñó a guardar silencio, niños envejecidos,
los niños escupidos en las escuelas.
Por el laboratorio destruido,
la casa saqueada, la pintura cagada, el pozo meado,
el desnudo cadáver del Conocimiento arrojado en la plaza
sin que nadie levante la mano, sin que nadie hable.

Por el frío del mango de la pistola y el calor de la bala,
por las sogas que asfixian, los grilletes que maniatan,
la enorme voz, metálica, que miente a través de mil canales
y la tartamuda ametralladora que responde a todo.

Por el hombre crucificado en las ametralladoras en cruz,
sin nombre, sin resurrección, sin estrellas,
su cabeza oscura bajo el peso de la muerte y su carne hace tiempo amarga
con el olor de sus muchas prisiones —Juan Pérez, Juan Sin Nombre,
Juan Nadie— ¡oh, rómpete la cabeza para dar con su nombre!
Sin rostro como el agua, desnudo como el polvo,
deshonrado como la tierra que las bombas de gas envenenan,
y bárbaro entre portentos.
Este es él.
Este es el hombre que se comieron en la mesa verde,
se pusieron los guantes y tocaron la carne.
Este es el fruto de la guerra, el fruto de la paz,
la madurez de la invención, el nuevo cordero,
la respuesta a la sabiduría de los sabios.
Y todavía está colgado y no muere todavía,
y todavía, en la ciudad de acero de nuestros días,
la luz se apaga y la espantosa sangre no deja de fluir.

Creímos que habíamos terminado con estas cosas pero nos equivocamos.
Creímos que, porque tuvimos el poder, tuvimos sabiduría.
Creímos que el largo tren llegaría hasta el fin de los Tiempos.
Creímos que la luz aumentaría.
Ahora el largo tren está descarrilado y los bandidos lo saquean.
Ahora el jabalí y el áspid tienen poder en nuestro tiempo.
Ahora la noche retrocede hacia Occidente y la noche es espesa.
Nuestros padres y nosotros mismos sembramos dientes de dragón.
Nuestros hijos conocen y sufren a los hombres armados.

La tercera dimensión (Denise Levertov)

Quién me creería si
dijiera: «Me tomaron y

rajaron desde
el cuero cabelludo a la entrepierna, y

todavía estoy viva, y
camino agradada por

el sol y toda
la generosidad del mundo». La honestidad

no es tan simple:
una simple gesto de honestidad no es

nada más que una mentira.
¿No esconden

los árboles el viento entre
sus hojas y

hablan susurrando?
La tercera dimensión

se esconde.
Si los canteros

parten piedras, las
piedras son piedras:

pero el amor
me partió en dos

y estoy
viva para

contar la historia, pero no
honestamente:

las palabras
la cambian. Déjala ser

–aquí bajo el dulce sol–
una ficción, mientras

respiro y
voy cambiando el paso.

Sopa de cebolla

Ingredientes

4 cebollas amarillas grandes
1/2 taza de mantequilla
1 taza generosa de vino blanco seco
4 tazas de caldo de carne
4 tazas de caldo de pollo
3 cucharadas de hojas frescas de tomillo
Salsa Worcestershire
2 dientes de ajo picados
Pan baguette
Aceite de oliva
Queso

Preparación

Precalentar el horno a 200 ° C. Cortar las cebollas por la mitad desde la raíz hasta la punta, luego córtalas en rodajas finas.

Derretir la mantequilla en una olla pesada a prueba de horno o en un horno holandés a fuego medio-bajo. Agregar las cebollas, revuelver para cubrirlas en la mantequilla y cocinarlas, tapadas, hasta que estén translúcidas y suaves, aproximadamente 20 minutos.

Pasar la olla al horno con la tapa ligeramente entreabierta. Tueste las cebollas durante media hora, revolviendo dos veces para evitar que se quemen.

Regresar la olla a la cocina a fuego medio y verter el vino. Revuelver, raspando la sartén. Cocinar hasta que el vino se reduzca, 5 minutos. A continuación, agregue el caldo de carne, el caldo de pollo, el tomillo, la salsa Worcestershire y el ajo. Reduzca el fuego a bajo y deje hervir a fuego lento la sopa durante 30 minutos.

Mientras tanto, rocíe rebanadas de baguette con aceite de oliva y pan tostado en el horno hasta que estén doradas. Dejar de lado.

Para servir, encienda el asador del horno. Vierte la sopa en tazones a prueba de horno. Colcar 1 o 2 pedazos de los crotones en la parte superior de cada porción de sopa, dependiendo del tamaño del recipiente.

Colocar una rebanada gruesa de queso en la parte superior de cada tazón, coloque los tazones sobre una bandeja para hornear y cocine a la parrilla el tiempo suficiente para que el queso se derrita, burbujee y esté ligeramente tostado.
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