Resoluciones (Franz Kafka)

Elevarse por encima de un estado lamentable ha de ser fácil aunque se aplique una energía intencionada. Me incorporo bruscamente del sillón, doy vueltas alrededor de la mesa, muevo cabeza y cuello, pongo fuego en mis ojos, tenso los músculos en torno a ellos. Contrariando cualquier sentimiento, saludo efusivamente a A. cuando viene a verme, tolero cordialmente a B. en mi habitación e ingiero a grandes tragos, pese al sufrimiento y al esfuerzo, todo cuanto se dice en casa de C.

Pero incluso actuando así, cualquier error —imposible de evitar, por lo demás— bastará para bloquearlo todo, lo fácil y lo difícil, y tendré que volver hacia atrás en círculo.

De ahí que el mejor consejo sea aceptarlo todo, comportarse como una masa pesada y, aunque nos sintamos como impelidos por el viento, no dejarse arrancar un solo paso innecesario, observar a los demás con mirada animal, no sentir el menor arrepentimiento; en pocas palabras: asfixiar con la propia mano el fantasma de vida que aún quede, es decir, aumentar todavía más la última paz sepulcral y no dejar subsistir nada aparte de ella.

Un gesto característico de semejante estado consiste en pasarse el dedo meñique por las cejas.

Araucanos (Gabriela Mistral)

Vamos pasando, pasando
la vieja Araucanía
que ni vemos ni mentamos.
Vamos, sin saber, pasando
reino de unos olvidados,
que por mestizos banales,
por fábula los contamos,
aunque nuestras caras
suelen sin palabras declararlos.

Eso que viene y se acerca
como una palabra rápida
no es el escapar de un ciervo
que es una india azorada.
Lleva a la espalda al indito
y va que vuela. ¡Cuitada!

–¿Por qué va corriendo, di,
y escabullendo la cara?
Llámala, tráela, corre
que se parece a mi mama.

–No va a volverse, chiquito,
ya pasó como un fantasma.
Corre más, nadie la alcanza.
Va escapada de que vio
forasteros, gente blanca.

–Chiquito, escucha: ellos eran
dueños de bosque y montaña
de lo que los ojos ven
y lo que el ojo no alcanza,
de hierbas, de frutos, de
aire y luces araucanas,
hasta el llegar de unos dueños
de rifles y caballadas.

–No cuentes ahora, no,
grita, da un silbido, tráela.

–Ya se pierde ya, mi niño,
de Madre-Selva tragada.
¿A qué lloras? Ya la viste,
ya ni se le ve la espalda.

–Di cómo se llaman, dilo.

–Hasta su nombre les falta.
Los mientan «araucanos»
y no quieren de nosotros
vernos bulto, oírnos habla.
Ellos fueron despojados,
pero son la Vieja Patria,
el primer vagido nuestro
y nuestra primera palabra.
Son un largo coro antiguo
que no más ríe y ni canta.
Nómbrala tú, di conmigo:
brava-gente-araucana.
Sigue diciendo: cayeron.
Di más: volverán mañana.

Deja, la verás un día
devuelta y transfigurada
bajar de la tierra quechua
a la tierra araucana,
mirarse y reconocerse
y abrazarse sin palabras.
Ellas nunca se encontraron
para mirarse a la cara
y amarse y deletrear
sobre los rostros sus almas.

Somos cinco mil (Víctor Jara)

Somos cinco mil
en esta pequeña parte la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Sólo aquí,
diez mil manos que siembran
y hacen andar las fábricas.

Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura.

Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.

Uno muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra un muro,
pero todos con la mirada fija en la muerte.
¡Qué espanto produce el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es un acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número
que no progresa,
que lentamente querrá más la muerte.

Pero de pronto me golpea la consciencia
y veo esta marea sin latido,
pero con el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
llena de dulzura.

¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Qué griten esta ignominia!
Somos diez mil manos menos, que no producen.

¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.

¡Canto, qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento...

La verdadera seriedad es cómica (Nicanor Parra)

La seriedad con el ceño fruncido
(Se lee en uno de los antipoemas)
Es una seriedad de solterona
La seriedad con el ceño fruncido
Es una seriedad de juez de letras
La seriedad con el ceño fruncido
Es una seriedad de cura párroco
La verdadera seriedad es otra:
La seriedad de Kafka,
La seriedad de Carlitos Chaplin
La seriedad de Chejov
La seriedad del autor del Quijote
La seriedad del hombre de gafas
(Érase un hombre a una nariz pegado
Érase una nariz superlativa)

Yo sostengo y defiendo
La seriedad del Cuerpo de Bomberos
La seriedad de la Iglesia Católica
La seriedad de las Fuerzas Armadas
(Érase un hombre a una nariz pegado
Érase una nariz superlativa)
La seriedad de la Bomba de Hidrógeno
La seriedad del presidente Kennedy.

La seriedad de frac
Es una seriedad de panteonero:
La verdadera seriedad es cómica.

1 de septiembre de 1939 (W. H. Auden)

Me siento en uno de los garitos
De la calle Cincuenta y dos
Inseguro y asustado
A medida que expiran las astutas esperanzas
De una década poco deshonesta:
Olas de ira y miedo
Circulan sobre los brillantes
Y oscuros países de la tierra,
Obsesionando la intimidad de nuestras vidas;
El innombrable olor de la muerte
Irrita a esta noche de septiembre.

Un estudio riguroso puede
Desenterrar toda la afrenta que
Desde Lutero hasta ahora
Ha impulsado a esta loca cultura,
Averiguar lo que ocurrió en Linz,
Qué enorme imago forjó
Un dios psicópata:
Yo y el público sabemos
Lo que aprenden todos los escolares,
Aquellos a quienes les han hecho mal
Hacen mal a cambio.

En el exilio Tucídides sabía
Todo lo que puede decirse en un discurso
Acerca de la democracia
Y lo que hacen los dictadores,
La vieja porquería que le dicen
A una tumba apática;
Analizado todo en su libro,
Ahuyentada toda iluminación,
El dolor que forma el hábito,
La mala gestión y el duelo:
Debemos sufrirlos todos otra vez.

En este aire neutral
Donde los ciegos rascacielos usan
Lo máximo de su altura para proclamar
La fuerza del Hombre Colectivo,
Todo lenguaje vierte su competitiva
Y superficial excusa:
Pero quién puede por tanto tiempo vivir
Un sueño eufórico;
Fuera del espejo se miran fijamente
La cara del imperialismo
Y el error internacional.

Las caras a lo largo del bar
Se aferran a sus días ordinarios:
Las luces nunca deben apagarse,
La música debe siempre estar sonando,
Todas las convenciones conspiran
Para que esta fortaleza asuma
El mobiliario de un hogar;
No sea que divisemos donde estamos,
Perdidos en una foresta encantada,
Niños temerosos de la noche
que nunca han sido ni buenos ni felices.

La más ventosa basura combativa
Que gritan las Personas Importantes
No es tan grosera como nuestro deseo:
Lo que el loco Nijinsky escribió
Sobre Diaghilev
Es cierto acerca del corazón normal;
Pues el error engendrado en el hueso
De cada mujer y cada hombre
Anhela lo que no puede tener,
No amor universal
Sino ser amado solo.

De la oscuridad conservadora
A la vida ética
Vienen atestados los trenes suburbanos
Repitiendo su voto matutino:
«Seré leal a mi esposa,
Me concentraré más en mi trabajo»,
Y los inútiles gobernantes se despiertan
Para reanudar su juego obligatorio:
¿Quién los puede liberar ahora?
¿Quién puede contactar al sordo?
¿Quién puede hablar por el mudo?

Todo lo que tengo es una voz
Para deshacer la fracasada mentira,
La mentira romántica en el cerebro
Del sensual hombre-de-la-calle
Y la mentira de la Autoridad
Cuyos edificios tantean el cielo:
No hay tal cosa como el Estado
Y nadie existe solo;
El hambre no permite elegir
Al ciudadano o al policía;
Debemos amarnos los unos a los otros o morir.

Indefenso bajo la noche
Nuestro mundo yace en estado de shock;
Sin embargo, esparcidos por todas partes,
Irónicos puntos de luz
Destellan donde sea que los Justos
Intercambien sus mensajes:
Pueda yo, compuesto como ellos
De Eros y polvo,
Atribulado por la misma
Desesperanza y negación,
Presentar una asertiva llama.

El teatro de los siglos (José Domingo Gómez Rojas)

La comedia de los siglos se eterniza.
Prosiguen los maestros peregrinos,
Los Cristos, los Mahomas, los divinos
que la plebe en sus farsas tiraniza.

Y sigue la comedia. Farsa y mofa.
Los rebeldes son carne de las iras;
alguien canta del lábaro en las liras,
alguien dice del látigo en la estrofa...

Y sigue la gran farsa. Los profetas
padecen los calvarios. Las inquietas
muchedumbres profanan las doctrinas.

Y sigue la tragedia. En los hombros
la cruz que engendra líricos asombros...

Después los sacerdotes de las farsas divinas.

Rondel (José Domingo Gómez Rojas)

Eres bonita, blanca tu frente,
tus ojos son azules sueños de oriente
pero engañas como serpiente.

Tus ojos son azules sueños de oriente,
miran como soñando lánguidamente,
pero... tú engañas como serpiente,
Tus ojos; cristalinas aguas de fuente,
cada uno de tus ojos es transparente
pero... tú engañas como serpiente.

Besar tus labios quiero muy vehemente,
verme en tus claros ojos como en la fuente
pero... ay engañas como serpiente.

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