Abogados (Cristóbal Joannon)

Los veía pasar desde temprano,
copias exactas de sus padres.
Los esperaban grandes tareas,
sueños de caoba, plenipotenciarios
en un país lleno de indios.

Los imaginaba en sus casas
con tres hielos y música de fondo
y la angustia perfectamente controlada.
Qué fáciles parecían sus desvelos:
educar a niños razonables,
conversar con esposas razonables.

Ese trato excesivo con la vida
estimulaba mis orgullos imperiales.
Con la frente en alto, mientras fumaba
mis lujosas colillas de señor cesante,
hacía como si no escuchara los golpes
y pateaduras que se daban los vecinos.

Pero la noche me traía la calma
cuando pensaba en el fin violento
que un notario le ofreció a los suyos.
Después del postre se anotó un escopetazo
al centro de su cabeza bien peinada.

Letanía en contra de las dictaduras (Stephen Vincent Benét)

Por todos los derrotados, por las cabezas rotas,
los desamparados, los simples, los oprimidos,
los fantasmas de la ciudad en llamas de nuestro tiempo…

Por los capturados en autos rápidos al edificio y son golpeados
por los muchachos hábiles, los muchachos con los puños de goma,
retenidos en el suelo y golpeados, en la mesa cortando sus entrañas,
o pateados en la ingle y dejados, con los músculos estirados
como una gallina descabezada en el piso del matadero
mientras traían al siguiente con sus ojos blancos mirando fijamente.
Por los que todavía decían «¡Frente Popular» o «¡Dios salve a la Corona!»
y por los que no eran valientes
pero fueron golpeados de todos modos.
Por los que escupen pedazos sangrantes de sus dientes
en silencio en el corredor,
duermen bien sobre hierro o piedras, aguardan el momento
y matan al guardia en el retrete antes de morir a su vez,
aquellos con los ojos hundidos y la lámpara ardiendo.

Por los que llevan cicatrices, los que cojean, por aquellos
cuyas tumbas anónimas se cavan en el patio de la prisión
y se les nivela la tierra antes de amanecer y les echan cal.

Por los asesinados de una sola vez. Por los que viven meses y años
soportando, alertas, esperando, yendo cada día
al trabajo o a la fila del pan o al club secreto,
y viven entretanto, engendran niños, contrabandean armas
y son encontrados y muertos al fin como ratas en el desagüe.

Por los que logran escapar
milagrosamente al destierro y deambulan ahí,
por los que viven en pequeños cuartos de ciudades extranjeras
y quién piensa todavía en el país, la verde y larga hierba,
las voces de la infancia, el lenguaje, el olor del viento entonces,
la forma de los cuartos, el café bebido en la mesa,
la charla con los amigos, la ciudad amada, el rostro del mesero,
las lápidas, con nombre, donde no serán enterrados
ni en ninguna tumba en esa tierra. Sus hijos ya son extranjeros.

Por los que hacían planes y eran líderes, y fueron derrotados,
y por aquellos, humildes y estúpidos, que no tenían plan,
pero fueron denunciados, pero se enfurecieron, pero contaron un chiste,
pero no pudieron explicar, pero fueron enviados al campo de concentración,
pero sus cuerpos fueron embarcados de vuelta en ataúdes sellados,
«Muerto de pulmonía». «Muerto tratando de escapar».

Por los cultivadores de trigo a los que dispararon junto a sus propias pilas
de trigo,
por los productores de pan desterrados a los desiertos cercados
por el hielo,
y sus carnes recuerdan sus trigales.

Por los denunciados por sus propios engreídos y horrendos hijos,
a cambio de una estrella de menta y el elogio del Estado Perfecto,
por todos los estrangulados, los castrados o simplemente hambrientos
para formar estados perfectos; por el sacerdote ahorcado con su sotana,
el judío con el pecho aplastado y sus ojos agónicos,
el revolucionario linchado por los guardias privados;
para formar estados perfectos, en nombre de los estados perfectos.

Por los traicionados por sus vecinos con quienes estrechaban las manos,
y por los traidores, sentados en la dura silla,
con el sudor suelto reptando por su pelo y los dedos inquietos
mientras dicen la calle y la casa y el nombre del hombre.
Y por los que estaban sentados a la mesa en su casa
con la lámpara encendida y los platos y el olor de la comida,
hablando tan tranquilamente; cuando oyen los autos
y el golpe en la puerta y de prisa se miran los unos a los otros.
Y sale la mujer a la puerta con la cara rígida,
alisando su vestido.
«Todos aquí somos buenos ciudadanos.
Creemos en el Estado Perfecto».
Y aquella fue la última vez
que Tony o Karl o Shorty vinieron a la casa
y la familia fue liquidada más tarde.
Fue la última vez.
Oímos los disparos en la noche;
pero al siguiente día nadie sabía lo que había sucedido,
y un hombre tiene que ir a su trabajo. Así que no lo vi
por tres días, entonces, y yo cerca de perder la cabeza
y todas las patrullas en las calles con sus sucias armas
y cuando volvió, parecía borracho y cubierto de sangre.

Por las mujeres que lloran a sus muertos en la noche secreta,
por los niños a los que se les enseñó a guardar silencio, niños envejecidos,
los niños escupidos en las escuelas.
Por el laboratorio destruido,
la casa saqueada, la pintura cagada, el pozo meado,
el desnudo cadáver del Conocimiento arrojado en la plaza
sin que nadie levante la mano, sin que nadie hable.

Por el frío del mango de la pistola y el calor de la bala,
por las sogas que asfixian, los grilletes que maniatan,
la enorme voz, metálica, que miente a través de mil canales
y la tartamuda ametralladora que responde a todo.

Por el hombre crucificado en las ametralladoras en cruz,
sin nombre, sin resurrección, sin estrellas,
su cabeza oscura bajo el peso de la muerte y su carne hace tiempo amarga
con el olor de sus muchas prisiones —Juan Pérez, Juan Sin Nombre,
Juan Nadie— ¡oh, rómpete la cabeza para dar con su nombre!
Sin rostro como el agua, desnudo como el polvo,
deshonrado como la tierra que las bombas de gas envenenan,
y bárbaro entre portentos.
Este es él.
Este es el hombre que se comieron en la mesa verde,
se pusieron los guantes y tocaron la carne.
Este es el fruto de la guerra, el fruto de la paz,
la madurez de la invención, el nuevo cordero,
la respuesta a la sabiduría de los sabios.
Y todavía está colgado y no muere todavía,
y todavía, en la ciudad de acero de nuestros días,
la luz se apaga y la espantosa sangre no deja de fluir.

Creímos que habíamos terminado con estas cosas pero nos equivocamos.
Creímos que, porque tuvimos el poder, tuvimos sabiduría.
Creímos que el largo tren llegaría hasta el fin de los Tiempos.
Creímos que la luz aumentaría.
Ahora el largo tren está descarrilado y los bandidos lo saquean.
Ahora el jabalí y el áspid tienen poder en nuestro tiempo.
Ahora la noche retrocede hacia Occidente y la noche es espesa.
Nuestros padres y nosotros mismos sembramos dientes de dragón.
Nuestros hijos conocen y sufren a los hombres armados.

La tercera dimensión (Denise Levertov)

Quién me creería si
dijiera: «Me tomaron y

rajaron desde
el cuero cabelludo a la entrepierna, y

todavía estoy viva, y
camino agradada por

el sol y toda
la generosidad del mundo». La honestidad

no es tan simple:
una simple gesto de honestidad no es

nada más que una mentira.
¿No esconden

los árboles el viento entre
sus hojas y

hablan susurrando?
La tercera dimensión

se esconde.
Si los canteros

parten piedras, las
piedras son piedras:

pero el amor
me partió en dos

y estoy
viva para

contar la historia, pero no
honestamente:

las palabras
la cambian. Déjala ser

–aquí bajo el dulce sol–
una ficción, mientras

respiro y
voy cambiando el paso.

Sopa de cebolla

Ingredientes

4 cebollas amarillas grandes
1/2 taza de mantequilla
1 taza generosa de vino blanco seco
4 tazas de caldo de carne
4 tazas de caldo de pollo
3 cucharadas de hojas frescas de tomillo
Salsa Worcestershire
2 dientes de ajo picados
Pan baguette
Aceite de oliva
Queso

Preparación

Precalentar el horno a 200 ° C. Cortar las cebollas por la mitad desde la raíz hasta la punta, luego córtalas en rodajas finas.

Derretir la mantequilla en una olla pesada a prueba de horno o en un horno holandés a fuego medio-bajo. Agregar las cebollas, revuelver para cubrirlas en la mantequilla y cocinarlas, tapadas, hasta que estén translúcidas y suaves, aproximadamente 20 minutos.

Pasar la olla al horno con la tapa ligeramente entreabierta. Tueste las cebollas durante media hora, revolviendo dos veces para evitar que se quemen.

Regresar la olla a la cocina a fuego medio y verter el vino. Revuelver, raspando la sartén. Cocinar hasta que el vino se reduzca, 5 minutos. A continuación, agregue el caldo de carne, el caldo de pollo, el tomillo, la salsa Worcestershire y el ajo. Reduzca el fuego a bajo y deje hervir a fuego lento la sopa durante 30 minutos.

Mientras tanto, rocíe rebanadas de baguette con aceite de oliva y pan tostado en el horno hasta que estén doradas. Dejar de lado.

Para servir, encienda el asador del horno. Vierte la sopa en tazones a prueba de horno. Colcar 1 o 2 pedazos de los crotones en la parte superior de cada porción de sopa, dependiendo del tamaño del recipiente.

Colocar una rebanada gruesa de queso en la parte superior de cada tazón, coloque los tazones sobre una bandeja para hornear y cocine a la parrilla el tiempo suficiente para que el queso se derrita, burbujee y esté ligeramente tostado.

Run-Run se fue pa'l norte (Violeta Parra)

En un carro de olvido,
antes del aclarar,
de una estación del tiempo 
decidido a rodar,
Run Run se fue pa´l norte, 
no sé cuándo vendrá
vendrá para el cumpleaños 
de nuestra soledad.

A los tres días, carta 
con letras de coral,
me dice que su viaje 
se alarga más y más,
Se va de Antofagasta 
sin dar una señal
y cuenta una aventura 
que paso a deletrear.
¡Ayayay de mí!

Al medio de un gentío 
que tuvo que afrontar,
un transbordo por culpa 
del último huracán,
En un puente quebrado 
cerca de Vallenar,
con una cruz al hombro 
Run Run debió cruzar.
Run Run siguió su viaje
y llegó al Tamarugal,
sentado en una piedra
se puso a divagar:
que sí, que esto, que lo otro, 
que nunca, que además,
que la vida es mentira, 
que la muerte es verdad.
¡Ayayay de mí!

La cosa es que una alforja 
se puso a trajinar,
sacó papel y tinta, 
un recuerdo quizás,
sin pena ni alegría, 
sin gloria ni piedad,
sin rabia ni amargura, 
sin hiel ni libertad.
Vacía como el hueco 
del mundo terrenal,
Run Run mandó su carta 
por mandarla no más.
Run Run se fue pa´l norte, 
yo me quedé en el sur,
al medio hay un abismo 
sin música ni luz.
¡Ayayay de mí!

El calendario aloja 
por las ruedas del tren
los números del año 
sobre el filo del riel.
Más vueltas dan los fierros, 
más nubes en el mes,
más largos son los rieles, 
más agrio es el después.
Run Run se fue pa´l norte, 
qué le vamos a hacer,
así es la vida entonces, 
espinas de Israel,
amor crucificado, 
corona del desdén,
los clavos del martirio, 
el vinagre y la hiel.
¡Ayayay de mí!

Tarde en el hospital (Carlos Pezoa Véliz)

Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve...

Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve...

Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.

Toma tus manos (borrador)

Ven, toma tus manos
y ponlas en mi pecho
ves que todavía late?

Ven, dame tu regazo
déjame apoyar la cabeza
que sea un poquito.

Disculpa si te mancho el vestido
es la ponzoña que me sale de los poros
o el alquitrán en el pelo, no sé.

Deja recostarme,
es la espalda que me mata
no del trabajo, sino que de sedentarismo

O mejor hunde tus manos
y me lo arrancas del pecho
un último favor, te lo puedes quedar
o tirarlo al mar, qué se yo.

Dame un ratito,
ya me pongo de pie,
me calzo la armadura
y hago las veces de
adulto funcional.
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